Por: Raisiel Damián Rodríguez

La noticia del evento de este martes en Madrid, dirigido por Rosa María Payá, donde se presentará un proyecto de equipo de transición en el marco de la Cumbre Iberoamericana, ha sacudido de nuevo el tablero político cubano. Como es costumbre cada vez que alguien mueve ficha, el escepticismo —tanto dentro de la isla como en la diáspora— no se ha hecho esperar. Algunos aplauden el atrevimiento, otros lo denostan, pero la inmensa mayoría se hace una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿de dónde surge la legitimidad para que un grupo se arrogue el liderazgo del cambio definitivo?
Yo intento ser optimista y deseo ver cualquier articulación de la disidencia como una señal de vida frente a la barbarie. Pero el mayor peligro en este momento extraordinario no es solo la perpetuación del régimen, sino el riesgo de que la alternativa nazca coja, carente de la autoridad moral y representativa necesaria para sostener un país en ruinas.
El fin de la ilusión: ¿Adiós a la transición suave?
Para hablar de transiciones con rigor, debemos leer correctamente el momento histórico. Hace unos meses, al analizar los escenarios teóricos de cambio, todavía cabía la posibilidad de una soft transition (una transición suave), donde una facción reformista del régimen pactara una liberalización paulatina.
Hoy, ese escenario ha caducado. No digo que sea imposible, sino que la cúpula castrista ha dinamitado todos los puentes hacia una salida ordenada. El colapso estructural del país es una oscuridad literal: la implosión sin precedentes del Sistema Eléctrico Nacional, la parálisis productiva y el 94% de la población hundida en la pobreza extrema nos demuestran que no hay reformistas en el poder. La dictadura ha elegido administrar el hundimiento total antes que ceder un ápice.
En este escenario de atrincheramiento, la transición ya no dependerá de las concesiones de un régimen moribundo, sino de la capacidad de la alternativa política para evitar que el país caiga en un Estado fallido o en una violencia fratricida.
La legitimidad de la política en medio de las ruinas.
En un sistema totalitario donde el Artículo 5 de la Constitución consagra un régimen de partido único, la legitimidad inicial de cualquier movimiento opositor no puede ser de origen electoral. No hay urnas libres. Si esperamos que el liderazgo del cambio nazca de unas elecciones puras, seguiremos esperando en la penumbra.
La historia política nos demuestra que los gobiernos provisionales construyen su legitimidad sobre la marcha a través del propósito, del ejercicio moral, de la ruptura y de la inclusión. En la Francia de 1944, Charles de Gaulle no fue elegido por voto popular; su legitimidad brotó de su autoridad moral frente a la ocupación y de su capacidad para integrar en su gabinete a todas las fuerzas vivas. En la Polonia de 1989, el sindicato Solidaridad forzó al régimen a una Mesa Redonda respaldado por la inmensa presión de las calles.
Quien lidera una transición llega para limpiar la casa y entregar las llaves al soberano. Pero la legitimidad de ejercicio no se decreta en una sala de conferencias, ni surge porque un grupo respetable, firme un documento. No basta con que una facción, por muy loables que sean sus esfuerzos internacionales (como el Pacto de Liberación u otras iniciativas), se presente como el embrión del futuro gobierno. Eso genera más recelos que consensos. Un pequeño grupo jamás podrá representar la vasta totalidad de la nación y de las fuerzas que coexisten dentro de la sociedad civil, dentro y fuera de Cuba.
La Ley Fundamental y el andamiaje de contención.
El vacío de poder que dejaría un desplome súbito del régimen es el caldo de cultivo perfecto para el caos o el surgimiento de nuevos caudillos. Ante ese peligro, y la necesidad de una estructura organizada, desde el Gabinete de Orientación en Políticas Públicas y Reforma del Estado (GOPPRE) hemos diseñado una propuesta de Ley Fundamental de la Transición (LFT).
Una Ley Fundamental opera como un texto constitucional transitorio. Cuando se derogue la Constitución de 2019 —junto a sus absurdos dogmas de irreversibilidad socialista—, el país exigirá un andamiaje legal de emergencia. Este marco es vital para organizar el Estado interino, proscribir al aparato represivo y trazar una hoja de ruta inalterable hacia unas verdaderas elecciones constituyentes.
Desde GOPPRE no presentamos esta propuesta para arrogarnos cuotas de poder —algo que ni buscamos ni nos interesa—, sino porque una transición exitosa demanda herramientas técnicas rigurosas. La reconstrucción de Cuba no se logrará a golpe de discursos encendidos; requerirá auditorías asépticas, estabilización financiera, seguridad jurídica inmediata y una base institucional sólida que se consolide día a día. Ante el vacío actual en materia de política orgánica, hemos decidido poner nuestra experiencia al servicio de la nación para generar políticas públicas realistas y con sentido de Estado. Nuestro objetivo es aportar un modelo organizativo claro que sirva de guía y punto de partida para todos los actores comprometidos con el mañana de la isla.
El Consejo de Transición y la asamblea de las fuerzas vivas
Cuando pensamos en el diseño de las reglas transitorias, cuestionamos bastante el tema de la legitimidad y el poder. Es evidente que no se puede plantear unas elecciones generales en el día uno. El contexto tan precario y las urgentes necesidades obligan a un periodo lógico de traspaso de poderes y reorganización del país. Así, la pregunta sobre quién debe gobernar durante el periodo de transición está en el centro de la LFT, para responder a la falta de legitimidad que hoy muchos le cuestionan a la disidencia.
Para que un gobierno provisional no se convierta en una nueva oligarquía, en un «quítate tú para ponerme yo» o en el paripé de unos pocos, la LFT establece una estructura ejecutiva bicéfala (Presidente de la República y Primer Ministro). Pero este Ejecutivo no operará de forma absolutista, estará sometido al control estricto de un Consejo de la Transición.
Aquí radica el núcleo inviolable de la legitimidad preelectoral: este Consejo, compuesto por un mínimo de 25 miembros, no puede nacer de un pacto de amigos, ni de alianzas de pasillo, ni de una sola facción del exilio. Su conformación exige algo monumental que aún nos debemos: una gran reunión, un cónclave fundacional y verdaderamente inclusivo de todas las fuerzas vivas de la sociedad civil, comprometidas con la libertad y la democracia dentro y fuera de la isla.
Para que esos 25 miembros tengan la autoridad moral de controlar al Ejecutivo, de auditar el desmontaje del Estado y de evitar que la cúpula saliente convierta sus privilegios políticos en oligarquías económicas, tienen que emanar de un acuerdo amplísimo. Hablamos de sentar en la misma mesa a todas las organizaciones de la sociedad civil, a los líderes históricos y a los nuevos del exilio, a los prisioneros políticos liberados, a los gremios profesionales, a los intelectuales y a las voces de las protestas populares. Todos. Incluso aquellos con los que nos resulte incómodo dialogar.
Esa gran asamblea, que trascienda los pequeños pactos y las capillitas, es el paso previo indispensable. Mientras no ocurra, cualquier equipo de transición correrá el riesgo de ser percibido por el pueblo cubano como un grupo elitista más. La legitimidad no te la confieren las cancillerías extranjeras si antes no te la han otorgado las bases de tu propio país. El modelo de los 25 miembros de la LFT funciona como ese necesario crisol. Si el Ejecutivo provisional intenta gobernar por decreto sin mirar a la ciudadanía, este Consejo plural tiene la potestad taxativa de destituirlo. Eso es seguridad jurídica real.
En el artículo 23 de la LFT proponemos:
Artículo 23. Composición y designación del Consejo de la Transición
- Se constituye el Consejo de la Transición como la máxima autoridad colegiada interina de control, deliberación y ratificación normativa de la República durante el periodo de emergencia institucional. Su función prioritaria es garantizar el equilibrio de poderes, la fiscalización rigurosa del poder ejecutivo y la limpieza democrática en ausencia de un órgano parlamentario electo.
- El Consejo de la Transición estará integrado por un mínimo de veinticinco miembros titulares, cuya distribución numérica se ajusta a la realidad sociológica de la resistencia civil conforme a los siguientes criterios de representación:
Cinco escaños para los delegados designados por los partidos políticos de la oposición democrática.
Diez escaños para los representantes de las organizaciones de la sociedad civil independiente, sindicatos libres y gremios profesionales internos.
Cinco escaños para profesionales independientes de reconocido prestigio técnico, académico o científico residentes en el territorio nacional.
Cinco escaños para los representantes de la diáspora y el exilio organizado. - Los miembros del Consejo de la Transición serán designados directamente por sus respectivas organizaciones, plataformas o colegios profesionales mediante un acuerdo de consenso inicial firmado en el acto de constitución de la transición. Para asumir el cargo y quedar formalmente investido por el solo hecho de la firma del acta fundacional, cada integrante deberá presentar físicamente su título de nivel superior o acreditación técnica equivalente o años de experiencia en áreas de las ciencias jurídicas, económicas, políticas, sociales o humanas.
El reloj del colapso está en tiempo de descuento
Como advertí en mi conversación para Árbol Invertido sobre cómo reconstruir Cuba sin otro mesías, debemos huir de la tentación histórica de buscar salvadores providenciales. El antídoto contra nuestra fragmentación histórica es la humildad, la formación cívica y la unidad. El liderazgo transicional no puede fundamentarse en egos exorbitantes, ni en la exigencia de que un solo líder tenga la llave de la salvación nacional. Quien aspire a liderar hoy debe entender que es solo una pieza mínima en un enjambre mayor, y que su única función es servir, no heredar una finca.
Hemos padecido demasiados pactos aislados, comisiones ocultas y deseos de protagonismo que solo le regalan oxígeno a la dictadura. Presentar un equipo de transición hoy es un paso audaz, pero si no viene respaldado por esa inmensa coalición de todas las fuerzas vivas, corre el peligro de quedarse en un voluntarismo estéril.
El régimen nos ha arrastrado a un colapso sistémico sin retorno. Ya no hay margen para ensayos. Nos toca observar con atención las propuestas en Madrid, y leer críticamente las señales de los tiempos, para exigir a quienes dan un paso al frente que busquen la unidad total y no el aplauso sectorial.
Toca prepararnos técnica, ética y humanamente para lo inevitable. Porque el verdadero equipo de transición, ese que ostentará la legitimidad incuestionable para guiar a Cuba, solo nacerá el día en que todas nuestras fuerzas logren sentarse en una misma mesa, bajo el amparo de reglas claras, para construir la patria que soñó Martí: verdaderamente con todos, y para el bien de todos.

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