¡Gracias, Anna Bensi!

Por Raisiel Damián Rodríguez

Estos días el régimen cubano ha vuelto a reeditar el manual de sus peores vicios. Utiliza la (in)justicia para pagar sus frustraciones con una joven cubana que apenas empieza a vivir. Evidentemente, no es nuevo lo que sufren Anna Sofía Benítez Silvente y su madre, Caridad Silvente. Sin embargo, esta vez la situación tiene algo distinto: el sistema colapsa en su propia podredumbre e incapacidad; y en su estupidez, exacerba la violencia hacia una familia cristiana que no ha hecho más que abogar por la libertad y la mejora de Cuba.

Anna Bensi refleja la crueldad de un totalitarismo medio muerto. Es un régimen que busca sobrevivir a base de sacrificios torticeros y sin legitimidad, lo cual solo nos recuerda que Cuba es una dictadura terrible y sin garantías. Pero ella también es el símbolo de una joven Cuba que ha despertado. Una generación que se niega a mantener, con su silencio, el futuro de la decadencia.

Estos meses he estado muy atento a Cuba. Todo el mundo tenía un ojo sobre ella mientras se consolidaba la esperanza de un cambio tras la caída de Maduro. Ahora, ya en octubre, esa esperanza se ha vaciado. Las jugadas precipitadas —Pacto de Liberación, formación de un partido político, “planes de salvación nacional”, grupos de economistas que abogan por un nuevo socialismo económico para la isla— se han visto como lo que realmente fueron. Apenas una marca más de una política disidente demasiado disgregada para sentarse en la mesa de negociaciones del cambio. También se han revelado, aunque siempre estuvieron ahí, las verdaderas intenciones de Estados Unidos. Con el segundo mandato de Trump se impone una nueva forma de geopolítica (DOMROE), donde los intereses económicos han ganado a la proyección de la democracia. Así, el presidente norteamericano ha dejado claros sus deseos para Venezuela: mantenerla como un proveedor barato de combustible.

Nada de democracia. Nada de negociaciones que lleven a liberar presos políticos. Nada de acompañamiento o permiso de entrada para María Corina Machado, y nada de juicios a los asesinos culpables del éxodo de 8 millones de personas. Todo se somete al valor del crudo y a su protección, como parte de la estrategia de seguridad nacional del primer país del mundo.

Al notar esto, algunos perdieron toda esperanza de un cambio en Cuba. Veían que, aunque se hablaba mucho de intenciones militares, la mesa de negociación seguía intacta. ¿Qué quiere Estados Unidos de Cuba? ¿Sus minerales, el control de la potencia hotelera, el futuro del real estate o proteger su frontera sur? Da igual. Como ya señaló Marco Rubio —cubanoamericano, sí, pero secretario de Estado de EE. UU.—, su deber y su visión son para con su país. Por tanto, si el futuro de la isla depende de una acción inmediata de Washington, sea por presión económica o intervención, debemos aceptar una verdad incómoda: no se trata de un proyecto de transición democrática. Al menos, no en un primer momento.

Llevo tiempo analizando la política y geopolítica que rodea a Cuba, y sé que ser realista a veces es una piedra de tropiezo que incomoda a los demás. Sin embargo, estoy convencido de que solo desde el realismo se puede aceptar lo que hay para luego cambiarlo. Seamos claros: para Estados Unidos, Cuba no es un activo para exportar un modelo democrático. Es un proyecto de inversión a largo plazo diseñado para limitar la presencia y acción de China y Rusia. Al mismo tiempo, funciona como un garante de seguridad nacional interna para detener a los grupos izquierdistas y comunistas que crecen como cucarachas en el continente americano.

Mientras estas potencias deciden su tablero a largo plazo, la realidad estalló en las pantallas. Esto me devuelve la mirada a la isla. A esa hermosa Cuba que en 2018 tuvo un acceso más o menos libre a internet (menos que más, pero sin posibilidad de banear el acceso a las redes sociales). Eso despertó nuevas capacidades y a una nueva generación que buscó su propio espacio en el mundo digital.

Fue por internet, y de manera espontánea, que creció y se movilizó la noticia del 11J. Una chispa que llegó a todos los rincones y movilizó a miles de personas dentro y fuera de la isla.

Fue por internet que surgieron influencers para poner la imagen de Cuba en el mundo. Enseñaron, día a día, cómo se vive entre el sufrimiento y el “resolver” para poder sobrevivir.

Fue por internet donde mi generación y las posteriores empezaron a crear contenido, buscando emular al resto del planeta como si fuéramos un país más. Y ahí nos encontramos con contrastes muy curiosos: desde una chica que cultivó fresas en su jardín y vive como si no viviera en la isla, hasta personas como Sandro Castro, intocables que se burlan y parodian el dolor de mi pueblo mientras exhiben una vida de lujo financiada por su apellido. Por supuesto, la guinda se la lleva la “Familia Cubana”, dedicada al mundo fashion y a enseñar una Cuba irreal. Una vitrina limitada a muy pocos, que olvida el verdadero sufrimiento de un pueblo que cada día ve cómo muere sin agua, sin electricidad y asfixiado por la hiperinflación.

El internet nos ha dado grandes personajes actuales. Ahí está Lázaro Alberto, el “Príncipe de Santo Suárez”, que con sus gracietas hace reír a todos; nuevos aventureros apasionados por la historia como Eliécer Gallardo; pero también otros tan lamentables como Pedro Jorge Velázquez, “El Necio”, con su oficialismo y su burla a las dificultades reales del pueblo.

En ese mundo de redes sociales, que permite mostrar la realidad entre risas y reflexiones, se levantaron jóvenes valientes. Hablo de Anna Bensi, de los muchachos de El Cuartico (El4tico), de Eddy Ceballos de “Despingovery Channel” (encarcelado por grabar unas ruinas militares) y de Out of the Box (Fuera de la Caja). Ellos comparten la parodia y la crítica feroz contra las incapacidades del régimen. Son voces inteligentes, humildes y llenas de un amor inmenso por la libertad y el cambio. No hacen daño ni buscan el dolor ajeno. Simplemente, dan voz al sufrimiento de un pueblo y abogan por los que no son escuchados. Todos ellos comparten, además, una profunda fe en Cristo —pues es quien libera nuestras vidas—, y desde esa convicción defienden también la libertad ciudadana.

Al no dejar de hablar y criticar al régimen, estos jóvenes han visto sus vidas truncadas por las persecuciones y maledicencias de una dictadura cobarde. Una maquinaria que ve en las redes sociales su nuevo campo de batalla ideológico. No contentos con mermar sus capacidades cortándoles el internet o mandando visitas constantes del G2 para atosigarlos, ahora además los encierran. Los arrastran a juicios falsos, ya preparados, y les impiden salir de sus casas. No me sorprende que el régimen actúe así; al fin y al cabo, es un totalitarismo. Es un sistema cerrado que busca destruir todo lo que amenace su propia supervivencia. Pero sí me doy cuenta de que sus acciones son cada vez más débiles y estúpidas. El sistema ha perdido fuerza. Se sabe debilitado, rodeado y obligado por presiones externas a cambiar, lo cual destruye su relato y sus capacidades. Por eso, como todo matón de barrio, se dedica a dañar a los más vulnerables, porque es incapaz de atacar al rival superior.

Gracias, Anna Bensi. Y gracias a todos los que entienden que el cambio en Cuba depende de nosotros, los cubanos. Gracias por dar su voz, o sus ocurrencias graciosas, para presentar nuestra realidad y darle un horizonte a la lucha anticomunista. Gracias, porque ya entraron en la historia de Cuba. Son una nueva generación que no acepta que la verdad sea siempre la misma, dictada por el régimen y su ideología. Han demostrado que la libertad personal está por encima de un sistema incapaz de cuidar a sus hijos. Gracias, porque son los nuevos patriotas que han entendido que patria no es Revolución, y buscan devolverle a su tierra la dignidad que toda persona tiene. ¡Gracias!


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