Por: Raisiel Damián Rodríguez

Quería escribir hoy de política, para ayudar —con mis pocas oportunidades— a dar forma y sentido al futuro de la transición en Cuba. Sin embargo, viendo las fechas y la situación actual de la isla, es imperativo hablar de educación. Pido perdón a los lectores por hacer hoy una reflexión más personal, contando lo que he vivido durante años en “la sociedad más culta del mundo”, ese gran mito ficcional de nuestro país.
Este septiembre arrancó el nuevo curso académico cubano, sumido en la tríada de desgracias que rige la vida de mis compatriotas: hiperinflación económica, apagones por falta de combustible y aguas contaminadas que derivan en graves problemas médicos. Los jinetes del apocalipsis a los que el cubano se enfrenta en su día a día para, simplemente, sobrevivir. Y en medio de este caos, le toca a otra generación de niños y adolescentes acercarse a las aulas para intentar formarse.
Es, sin dudas, una paradoja terrible. Tener un hijo en Cuba es hoy toda una odisea. Las familias ven con dolor lo difícil que es proteger y criar a un ser indefenso cuando se carece de los recursos más básicos. Muchos ya no quieren tener hijos en la isla. Los niños se han convertido en un problema, algo que la propia revolución fomentó al romper el concepto de familia como núcleo de la sociedad. De ahí el gravísimo abismo demográfico que enfrenta el país, desangrado por un flujo migratorio constante y un control de la natalidad excesivo. Cuba se muere por falta de futuro, atrapada en un círculo vicioso del que no escapará en, al menos, dos generaciones.
En este valle de lágrimas, quienes han tenido hijos e intentan sacarlos adelante con todo su amor y esfuerzo, se enfrentan ahora a un viejo monstruo: el inicio del curso escolar. Y no hablo solo de los costes indirectos —conseguir algo de comer, el maldito uniforme que nos encasquetaron año tras año, los zapatos y la mochila—, sino de las carencias inmediatas del sistema: aulas destruidas, falta de libros, profesores mal pagados que huyen de la docencia, transporte imposible y ausencia total de electricidad o agua potable.
Escribo esto desde Madrid, donde tengo la suerte de trabajar en una institución de educación superior privada. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que hoy supone tanto esfuerzo y dinero educar a un hijo en la Cuba comunista como pagar una institución privada en cualquier país ordenado. La diferencia es que, a cambio de ese sacrificio directo, las familias cubanas reciben un sistema colapsado.
Vamos a la parte personal. Nací en 1995, y mi recuerdo de la escuela se resume en tres grandes problemas que todo cubano conoce a la perfección.
Primero: el problema del uniforme. Recuerdo el laborioso trabajo de acompañar a mi madre, sola, a intentar cazar un uniforme que tuviera que durarme varios cursos, tanto por lo difícil que era adquirirlo como porque su uso era obligatorio. Junto al uniforme, estaba el drama de los zapatos y las medias. El sistema educativo, con esa estupidez obtusa y totalitaria que busca controlar cada milímetro de la vida del pueblo, nos dictaba hasta qué tipo de calcetines usar. ¡Cuántas peleas habremos tenido por no llevar otra cosa que zapatos de colores «aprobados» y medias rigurosamente blancas para proteger nuestros pies!
Segundo: el problema de la comida. La revolución siempre vendió la educación (junto a la medicina) como su gran baluarte internacional. Presumían tanto de ser una “nación culta” que, decían, gastaban fortunas en alimentación para los estudiantes. El famoso almuerzo de primaria y secundaria. Buena o mala, era sobre todo una mentira bien construida: todas las familias sabían que tenían que mandar a sus hijos con merienda para soportar el día de clases. Y esa merienda era un lujo; con los salarios estatales era carísimo y dificilísimo conseguirla. Mi madre estaba sola con dos hijos gemelos: doble merienda, doble dificultad. Fui testigo de familias que apenas podían enviar un pan con aceite y sal, o que dependían exclusivamente del almuerzo escolar porque en casa no había más recursos.
¿Fue buena la educación en alguna etapa de la revolución? Si miramos la infraestructura, podríamos decir que más o menos. Las interminables subvenciones soviéticas ayudaron a sostener el relato del «país educado»: mejoras en instalaciones, becas en el campo, universidades, almuerzos escolares. Por supuesto, el precio de todo esto era obligar a los futuros egresados a trabajar para el régimen en condiciones de semi-esclavitud, sin futuro, y exigiendo fidelidad ideológica para poder pisar la universidad. Sobran ejemplos de disidentes brillantes que tuvieron que pasar por el amargo trago del sistema, o que fueron marginados por no ser comunistas.
Pero todo esto explotó en los 90, con la caída de la URSS. La calidad académica cayó en picada y las familias tuvieron que empezar a cargar con el peso estructural para que sus hijos tuvieran algo de educación. Lo curioso es que, incluso cuando luego entró el dinero chino y el petróleo venezolano, el Estado ya se había malacostumbrado a que los padres financiaran la escuela.
De ahí deriva el tercer problema: el estado de las aulas y el gasto extra. Recuerdo que el primer día de primaria, en la primera reunión de padres, ya se indicaba qué debían aportar las familias. Cada año se repetía el macabro ritual de pedir dinero: que si pintar las aulas, que si comprar la escoba, el cubo y la frazada de trapear, que si soldar las sillas rotas, forrar los libros o comprar ventiladores para que los niños no se asaran de calor (aún me pregunto qué habrá sido de todos los ventiladores que comprábamos cada año). A ese «presupuesto» había que sumarle gastos anexos: el regalo del Día del Maestro (el 22 de diciembre, forma hermosa de agradecer al profesor, pero también un incentivo de supervivencia que generaba favoritismos), la ropa de educación física, las libretas, la mochila y el merendero. Y todo esto lidiando con apagones diarios, crisis de transporte y la odisea de buscar comida fuera de la libreta de abastecimiento.

No tengo un solo recuerdo de mi etapa escolar (ni en el Periodo Especial, ni en la supuesta época de «bonanza») en el que mi madre no hiciera cuentas con preocupación cada vez que empezaba el curso. En Cuba son las familias las que sostienen el sistema escolar a costa de sangrar la poca vida que tienen. Nunca vi lágrimas en los ojos de mi madre porque las ocultaba, pero sí vi su angustia y su trabajo incansable para darnos la mejor educación posible.
Me traslado ahora al periodo 2020-2026. Ya no vivo en Cuba, pero sigo de cerca la realidad. La crisis del COVID-19, el desplome del turismo, el fin del crudo extranjero, la presión externa y, sobre todo, el goteo constante de estupidez planificadora del comunismo ha provocado la peor crisis educativa en la historia de la isla. Basta ver cómo las autoridades han planteado este regreso a las aulas en septiembre de 2026: el Ministerio de Educación habla de aplicar «esquemas flexibles» según cada territorio, una forma fina de admitir que ni siquiera pueden garantizar la jornada completa por la falta de transporte, de electricidad y de materiales básicos. Mientras tanto, la prensa oficialista vende este desastre como una épica «terquedad de volver a las aulas», culpando, cómo no, al embargo estadounidense.
Estudiar hoy es, a todos los niveles, imposible. Nos enfrentamos a las primeras generaciones de niños y jóvenes cubanos con carencias educativas serias y estructurales. Las cifras que nos llegan del arranque de este curso 2026-2027 son escalofriantes: se estima que más de 380.000 alumnos comenzaron las clases sin un maestro titular asignado. El país arrastra un déficit de unos 24.000 docentes, y el Estado está parcheando este desastre metiendo a dar clases a estudiantes universitarios. A esto se suma que el curso ha empezado literalmente a oscuras, en medio de una crisis eléctrica extrema, obligando a los muchachos a recibir clases en aulas sofocantes sin luz ni agua.

Con el 94% de la población en pobreza extrema, las familias ya no pueden seguir subsidiando a las escuelas. Hoy, equipar mínimamente a un estudiante para el regreso a clases —comprar una mochila, unos zapatos, la lonchera y unos pocos útiles básicos— cuesta alrededor de 34.600 pesos. Para entender la locura y crueldad de esta cifra, eso equivale a casi 11 salarios mínimos en la isla. Hablamos de padres que tienen que pagar casi 20.000 pesos por un simple par de zapatos o rozar los 10.000 pesos por una mochila de mala calidad, y todo esto mientras una triste libreta ronda los 600 pesos. El curso escolar 2026-2027 es, a todas luces, la crónica de una muerte anunciada de la sociedad cubana a causa del régimen.
El comunismo nos ha sacrificado de mil maneras: en cárceles y paredones; borrando nuestra historia y cultura con su ideología; destruyendo a la familia y obligando a los hijos a huir, hasta que el único sueño nacional es irse. Y ahora, sacrifica su propio futuro aniquilando la educación de los que se quedan.
«Ser cultos es el único modo de ser libres», decía nuestro Martí. El totalitarismo lo sabe, por eso primero buscó controlarla y ahora, por su obstinación, la deja morir. La educación es el espacio donde se forma la razón crítica y la conciencia racional que nos hace personas, la herramienta que permite luchar contra autocracias como la cubana. Nos han querido matar el intelecto y tapar la boca apoyándose en el relato de una izquierda intelectualoide —que, por desgracia, nos sobra incluso dentro de la disidencia— dispuesta a reescribir la historia para mantener el control.
Pero hoy ese cuento ya no cuela. El pueblo, aún con sus carencias, se ha dado cuenta y se enfrenta cada vez más al poder. Creo que Martí tenía razón en un aspecto que ni él mismo previó: ojalá que esta misma imposibilidad de dar a nuestros niños una educación digna se convierta en la chispa que encienda la furia ciudadana que libere finalmente a Cuba del yugo comunista.
Estamos a días de celebrar a nuestra madre y patrona, la Virgen de la Caridad del Cobre. A ella todo el pueblo clama protección. Le pedimos ayuda, que cuide a los hijos que se quedaron en la isla y a los que nos fuimos, pero, sobre todo, le pedimos libertad para dejar de llorar por un país que pasó de ser paraíso a ser cárcel. Virgen Patrona de Cuba: todos tus hijos a ti clamamos, libéranos.
Madre, corazón de tu pueblo,
pide por nosotros a Dios.
Que se adelante la hora,
de nuestra liberación.
Todos tus hijos a ti clamamos,
Virgen Mambisa, que seamos hermanos.
Madre, que en la fiera tormenta,
fuiste signo de amanecer.
Se la esperanza de Cuba,
haz tu pueblo renacer.
Todos tus hijos a ti clamamos,
Virgen Mambisa, que seamos hermanos.

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