Por: Raisiel Damián Rodríguez González

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Karl Marx
Con esa frase lapidaria comenzó el Manifiesto Comunista, marcando el pulso de un documento que alteró de forma radical el curso de la historia moderna. Tomando prestado ese mismo eco literario, me es inevitable advertir otra sombra que cruza nuestra isla, presente tanto en la lógica del régimen como en buena parte de quienes se oponen a él: un fantasma recorre Cuba: el fantasma del mesianismo.
Ahora que el mundo observa con mucho interés a Cuba, creo que las reflexiones al respecto de la política transicional, no pueden eludir este asunto. Nos encontramos atrapados en un bucle mental donde el régimen postotalitario y buena parte de la oposición parecen beber de la misma fuente viciada: la creencia irracional de que los problemas colectivos se solucionan mediante la intervención providencial de un redentor, un caudillo o un grupo de iluminados. Creo oportuno detenernos a desentrañar este fenómeno, que no es nuevo —ni producto exclusivo de la revolución, aunque en ella vivió su apogeo—, sino que está en el origen mismo de nuestra política republicana y nos acompaña hasta el presente.
Antes de mirar a nuestra propia casa y repasar esa trayectoria histórica, vale la pena ponerle nombre y definición exacta a la bestia. El mesianismo político es una estructura de pensamiento y de fe secular que traslada la esperanza religiosa de la redención al terreno de los asuntos públicos.Consiste en la convicción irracional de que una sociedad no puede salvarse a través de sus propias leyes, contratos sociales, acuerdos ciudadanos o instituciones públicas y privadas, sino que requiere la intervención milagrosa de un individuo excepcional, un caudillo providencial o una élite iluminada que encarne la pureza absoluta.
Bajo esta lógica, el mesías político no propone un programa de gobierno debatible; al contrario, exige una entrega incondicional. Promete la solución definitiva de todos los males históricos a cambio de que la ciudadanía abdique de su soberanía, suspenda el pensamiento crítico y se convierta en una masa obediente. En esencia, el mesianismo es la negación radical de la política democrática: donde hay un salvador infalible, el ciudadano sobra y solo quedan fieles o traidores.
Las raíces históricas: Del mesianismo republicano de Chibás al mito de Fidel Castro
Por su herencia hispana, Cuba ya conocía de antemano el mesianismo político. El relato fundacional con el que se edificó el proyecto independentista y de nueva nación está repleto de un profundo discurso mesiánico; asimismo, nuestros grandes próceres han sido persistentemente interpretados bajo la luz de referentes redentores debido a su sacrificio supremo en favor de la patria. El propio José Martí advirtió que la patria es «ara y no pedestal», destinada a ser servida y no a servir de plataforma para ambiciones personales. Sin embargo, en la práctica colectiva, la cultura nacional quedó peligrosamente atada a esa percepción mística del sacrificio y a la figura del salvador providencial.
Con la instauración de la República en 1902, ese ideal político se trasladó a los partidos y a los líderes de turno, marcando el pulso del devenir nacional hasta el terremoto político de 1959. Frustrada crónicamente por la corrupción endémica, la fragilidad institucional, la incesante injerencia extranjera, los profundos conflictos raciales y el convencimiento de que la isla exigía una purificación moral absoluta, la psique republicana nacional comenzó a buscar desesperadamente figuras providenciales que encarnaran la salvación.
Figuras carismáticas del andamiaje republicano supieron cultivar con destreza este terreno. Pensemos en Eduardo Chibás, el líder indiscutible del Partido Ortodoxo, cuyo lema «Vergüenza contra Dinero» movilizó a multitudes bajo una carga mesiánica innegable. Chibás se erigió a sí mismo en el fiscal supremo de la nación, en la conciencia incorruptible que venía a redimir a una república podrida. Su trágico suicidio en directo no hizo sino consagrarlo definitivamente en el imaginario popular como un mártir sacrificial, dejando anclado en la cultura política cubana un mensaje sumamente pernicioso: la salvación de Cuba no depende de leyes estables, de contrapesos institucionales ni de partidos sólidos, sino de la pureza y la entrega heroica de un hombre providencial dotado de una honestidad superior a la de los simples mortales.
Ese espeso caldo de cultivo preparó el terreno definitivo para la tragedia fundacional de la revolución cubana. La entronización absoluta de Fidel Castro bajo el arquetipo del salvador supremo fue la cúspide lógica de esa larga y paciente espera colectiva por un salvador de la patria. La figura del joven barbudo comandante se erigió como la referencia última de este mesianismo nacionalista y republicano: el caudillo omnisciente al que se le entregó la entera soberanía social e individual a cambio de promesas de justicia absoluta y dignidad patria. Si repasamos la historia de aquellos días, encontraremos que los primeros pasajes de enero de 1959 venían sobrecargados de una mística casi religiosa: desde los 33 años con los que Castro bajó de la Sierra Maestra —la mítica edad de Cristo— hasta el instante en que dos palomas se posaron en él durante un discurso en el Cuartel Columbia, interpretadas de inmediato por una población sugestionada como señales inequívocas de legitimidad divina.
El mesianismo como el motor del totalitarismo
La experiencia totalitaria que se originó con la revolución está sometida al concepto de mesianismo político. El mesianismo es el motor de los regímenes totalitarios y su justificación última. El totalitarismo necesita devorar la esfera privada, abolir el pluralismo, someter toda la vida social bajo una omnipotencia absoluta que todo lo ve y todo lo dirige, destruir todo juicio crítico libre y romper todas las relaciones humanas; y para lograr semejante proscripción de la libertad, ninguna ley fría es suficiente. Se requiere la fe. Se requiere un dios terrenal.
La revolución cubana convirtió el Estado en una prolongación directa de la iglesia, y transformo el uniforme verde olivo en la ropa del redentor. En este esquema totalitario, la disidencia no es vista simplemente como un desacuerdo político legítimo entre ciudadanos, sino como una herejía, una traición al salvador y, por extensión, a la patria misma. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en un feligrés agradecido o en un subordinado disciplinado que aplaude su propia tutela. La retórica oficial se nutrió perpetuamente de esta referencia mesiánica: el líder no gobierna, salva, el pueblo no participa, sigue. La política se reduce a un acto de fe ciega bastante potente como para dirigir – y destruir – la vida de millones de personas.
El espejismo actual en la oposición: Cuidado con los «planes de salvación»
Lo doloroso y alarmante es comprobar que este reflejo condicionado no murió con el desgaste físico del dictador desde 2008 hasta su muerte, ni con su sustituto aunque compartieran apellido, menos aún con el títere que dirige las riendas de la isla hoy, ni con la agonía evidente del modelo económico. Todo lo contrario, el mesianismo ha resurgido en los discursos políticos, especialmente en estos tiempos de crisis que exigen “resistencia creativa”. Y lo peor no es eso, porque el mesianismo al igual que es motor del totalitarismo le acompaña hasta sus últimos coletazos, donde el régimen regresa a señalar salvadores ante la terrible situación que señala el fin del régimen; sino que por desgracia se ha traslado también a la propia disidencia en el exilio.
Si analizamos las dinámicas recientes de la oposición global cubana, que ha vuelto a resurgir en un momento tan importante de cambio en las formas políticas cubanas, nos damos cuenta de que también la disidencia en el exilio ha sucumbido con el tiempo al mesianismo político. Cuidado porque esto supera los egos, esa expresión de nuestra naturaleza imperfecta, que en situaciones de poder tiende a elevarse y confrontarse con los demás, y que es común de muchas disidencias políticas. El mesianismo se convierte en una droga, en un placebo que excita el hipotálamo hasta contagiar toda la razón y someterla al ideal redentor.
Ahora, especialmente en los espacios de coordinación y las cumbres impulsadas por distintas plataformas anticomunistas y anticastristas, encontramos propuestas técnicas sumamente necesarias, abordadas desde la experiencia y el deseo de ayudar al cambio en Cuba. Es importante agradecer tal servicio, pero también mantener la razón crítica y la mirada juiciosa sobre el lenguaje, las fórmulas propuestas y sobre todo esos hiperliderazgos que se auto-referencian como grandes determinantes de la Cuba futura. Así que cuidado con lo que se espera de esas propuestas, con cómo se bautizan y cómo se presentan los que la dirigen.
Iniciativas debatidas con frecuencia bajo etiquetas como «Planes de Salvación Nacional» o la promesa de instaurar un «Gobierno de Salvación Nacional» destilan un tufo semántico profundamente mesiánico. Al bautizar los proyectos de transición con nomenclaturas de carácter redentor, se alimenta inconscientemente el viejo vicio de creer que Cuba necesita ser «salvada» desde arriba por estrategas providenciales o comités de iluminados expertos que en ocasiones se reparten el pastel antes de soplar las velas. La libertad institucional no es un milagro que otorga un gobierno provisional revestido de poderes salvíficos; es una arquitectura fría, sobria y estrictamente limitada de frenos, contrapesos y garantías legales. Ahora hablaremos de ella.
Es una exhortación importante: la disidencia debe ser prudente, porque su labor es justa, necesaria y buena, y con estas acciones, además de romper la dinámica política que puede ayudar a Cuba, incentivando la acción ciudadana general, se reservan la “salvación” de la isla en sus manos, desoyendo otras voces y sobre todo, limitando verdaderamente el alcance de las propuestas a reductos de grupitos separados. La disidencia separada le impide verdaderamente ser un actor en el juego político que se plantea ahora.
Una forma de servir a Cuba: instituciones y sociedad civil fuertes.
Entonces, ¿cuál es el camino que propongo para salir de este laberinto histórico? Creo que la forma de servir a Cuba, de darle un sentido verdaderamente democrático a la política y de evitar por todos los medios la llegada de un nuevo totalitarismo —del corte ideológico que sea y bajo la figura de cualquier líder redentor— es el fortalecimiento institucional.
No hay atajos. Para que la transición no derive en otra tiranía disfrazada de recambio, se requiere construir una sólida armazón de partidos políticos plurales y, sobre todo, una sociedad civil vibrante y organizada. Sé muy bien que esa apuesta por la fortaleza de los partidos traerá consigo nuevos problemas en el futuro —como el riesgo de caer en las garras de la partitocracia, un debate espinoso que abordaré con calma en otra ocasión—. Pero en el caso cubano de hoy, urge transitar este camino para evitar tropezar una y otra vez con las piedras que ya conocemos demasiado bien.
Las experiencias de transiciones democráticas exitosas alrededor del mundo nos demuestran que las naciones sanan de verdad el día que abandonan la fe en los mesías y la depositan en las reglas del juego. Reglas muy bien construidas y legitimadas por la soberanía del pueblo en verdaderos actos de libertad y reconocimiento de las normas cívicas que nos unen a todos. Si queremos erradicar los vestigios del totalitarismo en Cuba, el primer paso indispensable es extirpar el virus del mesianismo que llevamos sembrado en la cultura política. Esto implica comprender que el único soberano legítimo del porvenir no es un nuevo grupo de salvadores de la patria, sino el ciudadano común y corriente, empoderado en sus derechos, exigiendo rendición de cuentas y apostando por instituciones estables por encima de cualquier caudillo.

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